sábado, 5 de agosto de 2017

Vargas Llosa y García Márquez

Gabo, ¿artista o intelectual?
Gabo con Carlos Barral y Vargas Llosa (1970)
        Entre el 3 y el 7 de julio pasado, tuvo lugar el curso de verano “Gabriel García Márquez: más allá del realismo mágico”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid, España (Cátedra Mario Vargas Llosa), dictado en la municipalidad de San Lorenzo de El Escorial. Allí hablaron, entre otros, Daniel Samper Pizano, Dasso Saldívar, Gerald Martin, Mauricio Bonnett, Laura Restrepo. Y el columnista de El Espectador, Carlos Granés, entrevistó a Mario Vargas Llosa.
En esa entrevista -me guío por El País, de Madrid-, fue donde el nobel de literatura peruano clasificó a García Márquez como un gran artista, y lo descartó como intelectual. Vargas Llosa dijo, según el diario español:
“García Márquez no era un intelectual, sino un artista. No estaba en condiciones de explicar el enorme talento que tenía a la hora de ponerse a escribir. De modo que funcionaba a base de intuiciones y pálpitos que no pasaban por lo conceptual. Esa disposición extraña que tenía para acertar tanto con los adjetivos, los adverbios y, sobre todo, la trama narrativa. Uno se da cuenta de una complejidad intelectual extraordinaria cuando lo estudia, pero también de que él no era consciente de las cosas mágicas que hacía”.
Desde hace un mes me rondan esas frases de nuestro querido Mario (siempre recuerdo su Casa verde, le debemos mucho), y, realmente, no estoy muy seguro de lo que quiso decir. ¿Favorece con eso a Gabo? ¿Lo demerita? ¿Revanchismo? ¿A dónde apuntó? ¿O, simplemente, al descuido, quiso describirlo? No sé.
Gabo, en el sentido señalado por Vargas Llosa, también, fue un escritor diferente a Carlos Fuentes, a Octavio Paz. Y no es la primera vez que se dice, por parte de algunos “intelectuales”, doctores, teóricos, canonistas, profesores, que García Márquez apenas era un escritor intuitivo, de pálpitos, con lo cual, insisto, no estoy seguro de si lo están elogiando o insultando.
Hace poco hice una charla, en un seminario con profesores escritores, sobre las diferencias que existen entre el canon literario y la creación literaria, entre el escritor teórico, con horma, canonista, y el escritor creador, liberacionista, racional e intuitivo. Y las susceptibilidades saltaron de inmediato. Los profesores y los intelectuales se asustan cuando convocamos la necesaria rebelión contra el canon.
No creo que se trate de una dicotomía excluyente y la veo surgir cuando alguien es incapaz de explicar el arte sin la pose intelectual. Es difícil creer que Gabo no pudiera armar conceptos o tener un concepto sobre lo que escribía, como dice MVL. Es más, pienso que hay una contradicción en Mario al decir que en Gabo se encuentra “una complejidad intelectual extraordinaria” y que de ella “él no era consciente”. ¿Cómo no puedo ser consciente de lo que pienso? Y después (o antes) vienen las intuiciones y los pálpitos. Lo que pasa es que Gabo siempre rehusó ser doctor o intelectual. No quiso serlo, ni nunca posó de serlo. Tampoco creyó que para tener la influencia pública del escritor -que él siempre tuvo y mantuvo- debía hablar de semiótica, de las teorías canónicas, o de las sentencias de los “sabios” intelectuales.
Gabo resumía todo: la sabiduría de la vida que había vivido en los caminos de Colombia y del mundo (no sólo en las aulas de clase, por donde también había pasado); la sabiduría que había recibido de los libros básicos de la literatura universal y la de los libros sin importancia que solía leer; la de haber asistido y participado personalmente, con ojo avizor y crítico, en los grandes procesos políticos del mundo, conducta que muchos le recriminan (pero que no es el oportunismo del “sentido práctico de la vida”, como de manera descortés le atribuye Vargas Losa).
Y tenía, además de la sabiduría y del saber, por supuesto, eso que, por lo pronto, hemos llamado la “intuición” del artista, de la que han hablado escritores que él admiraba, como Asimov (cuando habla de la “cartografía” del salmón, de la “entomología” del icneumón), como Hemingway (cuando habla de la orientación de la paloma mensajera, o del olfato del perro de caza, o de la bravura del toro de lidia, cuyos conocimientos no provienen de las aulas académicas), como Tabucchi (“Como la vida se vive, la escritura se escribe”), como Zweig (quien siempre habló del misterio de la creación).
No se puede ser artista sin pensar, sin conceptuar, sin tener visión de mundo, sin tener conciencia, sin ser sensible, y, también, sin ser intuitivo, sin tener "pálpitos", sin tener la vocación del salmón. García Márquez, como todos sus maestros, desde los griegos hasta los escritores innumerables que leyó del XIX y XX, lo sabía y así y por eso escribía como un sabio artista. Y si eso no incluye la pose del ser “intelectual” -una categoría de salón del siglo XX-, en el sentido que lo dice, para mí, maliciosamente, Vargas Llosa, no veo su importancia, ni creo válida la distinción.

Ni la creación del arte puede hacerse a partir de la simple teoría canónica, ni la arrogancia intelectual y teórica pueden, aunque quieran o crean, explicarlo todo. Son actitudes canonistas, mediáticas, de salón y de época. Me parece, digo.

1 comentario:

Liza Ariza dijo...

Gracias, maestro, me parece que aterriza más la figura de Gabriel García Márquez, un intelectual sin pose. A veces nos sobra imagen y nos falta profundidad... a Gabo nunca le faltó.